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04/09/2013 Articles d'opinió, CAP 2 Comentaris

Què passa quan passa el temps? … temps, diran. Aquesta és una aproximació a l’enteniment d’aquest concepte fet per animal d’ànima animada en el qual ens convida a pensar el temps.

Tiempo-copy

Introducción

La pretensión de este ensayo – recopilación crítica- sobre el problema del tiempo es ofrecer una visión lo más objetiva posible de la historia y las tendencias actuales del concepto tiempo. Para este fin, realizaremos un breve viaje por las principales concepciones históricas, físicas, sociológicas y filosóficas de este concepto, aportando una visión crítica sobre los diferentes enfoques.

Concepciones históricas, científicas, sociológicas y filosóficas del tiempo

Las culturas antiguas concebían de forma mítica el tiempo y lo definían de manera cíclica, como “la rueda del tiempo”. En este sentido, los incas, los mayas, los hopis, los egipcios, los babilonios, los griegos antiguos, los hinduistas, los budistas, el janismo intuyeron así el tiempo. Una explicación a este tratamiento podría deberse de la importancia de los ciclos astronómicos – del sol, de las lunas, etc- en sus economías basadas en la agricultura. Esta idea cíclica del tiempo también permaneció en los filósofos pitagóricos y estoicos. En el Renacimiento fue mantenida por los alquimistas, el ouroboros -símbolo de la eterna repetición-. Ya en el siglo XIX esta teoría del tiempo también fue mantenida por el filósofo F. Nietzsche como “eterno retorno de lo idéntico”. Científicos actuales como John Richard Gott, con su teoría de los universos autogenerados, Roger Penrose, con su cosmología cíclica conforme, Peter Lynds, que supone la repetición infinita del tiempo, y, Henri Pointcaré, con su teorema de la recurrencia, contemplan, cada cual a su modo y justificado con instrumentos matemáticos, una visión circular e interminable del tiempo y el universo que, curiosamente, coinciden en lo fundamental con las concepciones de las culturas griegas que comentaré más adelante. Con el judeocristianismo el concepto de tiempo sufre una transformación radical, pasa de ser cíclico e infinito a lineal y finito, empezando con la creación por un dios y terminando con el fin del mundo como fecha de entrega de los deberes que los seres humanos han de rendir a dios, que siempre esta pendiente de llegar, de esta manera se promueve la afiliación a sus creencias usando el miedo a la muerte.

Pero pasemos a filosofía y dejemos las creencias. Los primeros filósofos griegos presocráticos realizaron el transvase del “mitos” al “logos”, y en este sentido la razón se impuso a la superstición y la fábula. Heráclito de Efeso defendió que todo se halla en movimiento, en perpetuo cambio y transformación, el movimiento es la ley del universo, en este sentido afirmaba que todo fluye, en clara referencia al tiempo. Suya es la anécdota de que nadie puede bañarse dos veces en el mismo rio. Por otra parte, Parménides de Elea representaba la posición opuesta a Heraclito, entendía la eternidad no como la duración infinita sino como la negación del tiempo, suya es la frase “el ser nunca ha sido ni será, porque es ahora todo él, uno y continuo”. Frente a estos opuestos, Platón intenta la síntesis de estas dos doctrinas, afirma que por un lado esta el mundo sensible, caracterizado por una constante transformación, y por otro lado el mundo abstracto y perfecto de las ideas, caracterizado por la eternidad y la incorruptibilidad. El discípulo de Platón, Aristóteles, no creía en la distinción platónica entre mundo sensible y mundo de las ideas, afirmaba que el tiempo era “el número del movimiento, según el antes y el después ..” además afirmaba que es imposible que se genere o destruya el movimiento -al no existir siempre- ni el tiempo – porque no existiría el antes ni el después si no existiera el tiempo-, concluye que el movimiento es continuo como el tiempo pues éste es lo mismo o una afección del movimiento. Anteriormente, Zenón de Elea, discípulo de Parménides, por medio de paradojas trató de demostrar que no eran reales ni el movimiento, ni el tiempo ni el espacio. – ejemplo: Aquiles y la tortuga, a las que se le puede objetar que son simples sofismas o falacias. Aristóteles demostró su falsedad -. A partir de este momento, el espacio en sí fue abstraído y descrito en sus elementos esenciales por Euclides de Alejandría, con la geometría, usando el legado de Pitágoras. Así empezaron las andaduras por separado de espacio y tiempo, hasta que Albert Einstein, a través de la Teoría de la Relatividad volvió a unificarlos en un mismo concepto espacio-tiempo.

Durante toda la edad media, las filosofías cristianas y la escolástica conceptúan el universo y el tiempo en términos teológicos o de creación. En este sentido, para San Agustín, dios es el creador de todo lo que existe en el tiempo, incluso del mismo tiempo. Este santo considera el tiempo como el pasar de un pasado que ya no existe, a un presente cuyo ser consiste en pasar al futuro, que todavía no es. Concluye que el tiempo se da en el alma humana en cuanto es capaz de enlazar el pasado, retenido en la memoria, con la expectativa del futuro en el presente, y esto es posible por la permanencia de la identidad subjetiva del alma. En este sentido, está afirmando la subjetividad del tiempo ya que es concebido por la subjetividad del alma. Posteriormente será utilizado por Descartes para referirse a la conciencia. Hasta que no se despejaron los oscuros nubarrones de la edad media, no se le dio importancia a los conceptos de espacio ni de tiempo, excepto para justificar la causa divina, con los pioneros de la ciencia, y ya en época renacentista – Kepler, Galileo, Bacon, etc – empezaron, con el sustento racionalista de Descartes a describir la materia y fijar los conceptos de universo, espacio y tiempo basadas en hechos objetivos. No obstante, la andadura del espacio y el tiempo seguía su curso por separado.

Ya en el siglo XIX, el llamado idealismo alemán, en la figura de F. W. J. Schelling, en su obra “las edades del mundo”, pretende conocer el tiempo premundano, es decir, el tiempo anterior a la creación del mundo, basándose en fuentes indirectas como el autoconocimiento del ser humano – método antropomorfista – y en discursos revelados – especialmente del antiguo testamento -. Concluye que el verdadero pasado es el pasado anterior a la creación del mundo, y el verdadero futuro es el futuro postmundano, definiendo un concepto orgánico de tiempo donde cada ser posee su propio tiempo interno, criticando una concepción objetivista de la temporalidad. Su visión es completamente teológica en su versión cristiana, al identificar el pasado con el padre, el presente con el hijo, y el futuro con el espíritu.

Veamos las posturas que enfrentaron a Leibniz y Newton -aunque contestaba su alumno Clark- en la concepción del tiempo, las posturas relacionistas y las absolutistas. En síntesis, la postura absolutista sostenida por Newton triunfó en su época, aunque ahora haya quedado invalidada por la teoría de la relatividad. Esta postura – la absolutista- sostiene que las nociones de espacio y de tiempo son objetos verdaderos por si mismos, y que se puede encontrar un orden absoluto, esta afirmación lleva implícita la existencia del reposo absoluto, un sistema tal que todos los movimientos (espacio y tiempo), se pueden medir respecto a él, existe un tiempo y un espacio absolutos. Mientras que la relacionista – antecesora en cierto sentido de la relatividad- sostiene que todo movimiento (espacio y tiempo) se dan relativamente a otro movimiento, no podemos hablar de movimiento sin citar respecto a que observador lo estamos midiendo. Los conceptos de relatividad de Einstein los veremos más adelante.

Repasemos a continuación distintos movimientos filosóficos que dejaran su huella en la conceptualización del tiempo. Empecemos con las posiciones duales realismo-idealismo. El pensador realista sostiene que tanto el tiempo como el espacio son ontológicos, es decir, tienen existencia aparte de la mente humana. El pensador idealista, en cambio niega o duda de la existencia de los objetos con independencia de la mente. Curiosamente algunos anti-realistas que a pesar de serlo mantienen el punto de vista ontológico de que los objetos también existen fuera de la mente, dudan sin embargo, de la existencia independiente del tiempo y el espacio. En este sentido, el filosofo idealista Immanuel Kant en su obra más conocida “crítica de a razón pura”, describió el espacio y el tiempo como formas puras a priori de la sensibilidad, se trata no de conceptos, sino de formas de sensibilidad que suponen condiciones apriorísticas, o necesarias, para cualquier experiencia, ya que posibilitan la percepción de los sentidos. Para Kant, ni el espacio ni el tiempo se conciben como sustancias, sino más bien se trata de elementos de un armazón o estructura sistemáticos que utilizamos para organizar nuestra experiencia. De este modo, las medidas espaciales se utilizan para cuantificar hasta dónde se encuentran los objetos separados, y las medidas temporales para comparar cuantitatívamente el intervalo de duración de o entre los acontecimientos. Otros idealistas como J.M.E. McTaggart, en su obra “la irrealidad del tiempo”, han mantenido que lo que entendemos por tiempo es una simple ilusión. Para demostrarlo dividió nuestra manera de comprender el tiempo en dos series: Serie A (la noción clásica de presente pasado y futuro) y Serie B (noción de antes y después que). Trató de demostrar que la Serie A era lógicamente incoherente y debía ser descartada, y que la Serie B era insuficiente para una apropiada descripción del tiempo. La conclusión del pensador era que el tiempo es irreal, sin embargo, varios físicos y filósofos han sostenido que la Serie B es todo lo que hace falta para completar una teoría del tiempo. Afortunadamente, la mayor parte de los filósofos son realistas en el sentido de espacio y tiempo.

Otra dualidad de movimientos filosóficos son el presentismo y el eternalismo. El presentismo afirma que solo el presente, es decir, en cierto momento algunas cosas existen y otras no. En este sentido, el presente es la única realidad de la que podemos dar evidencia. Podemos objetar que al basarse en la existencia solamente del presente, si definimos presente mediante el concepto de simultaneidad, veremos que será compatible con la relatividad galileana, por ser el tiempo independiente del espacio, pero no con la relatividad de Einstein, ya que en éste cada observador tiene su propio presente – en física lo denotamos como tiempo propio, comóvil, frente al otro tiempo llamado coordenado que es el del observador del experimento -. Hablar de un presente apelando a la simultaneidad y postulando la no existencia fuera de ella no tiene sentido en la relatividad de Einstein. Para salvar la teoría se han dado versiones como el presentismo de cono, de punto o de superficie. Los dos primeros intentan acomodar el presentismo a la teoría de la relatividad de Einstein, el último el camino inverso, adaptar la teoría de la relatividad al presentismo. El eternalismo trata de describir la naturaleza ontológica del espacio-tiempo basándose en la noción de tiempo como una dimensión más del universo físico, junto a las tres del espacio, de tal manera que, en este marco puede decirse que el futuro ya está ahí, y que no puede hablarse de una corriente objetiva del tiempo. También se conoce esta teoría como “bloque de tiempo” o “universo de bloque”, como un todo inalterable de cuatro dimensiones. El argumento del eternalismo se ha tomado de la física, en concreto del argumento Rietdijk-Putman, en el cual la relatividad de la simultaneidad es usada para mostrar que cada punto en el universo puede contener un conjunto de acontecimientos diferentes en su momento presente -incompatible con el presentismo-. Aún más, si consideramos el caso B de J.M.E. McTaggart, es decir, la noción de “antes y después que”, observamos que no podemos hablar de simultaneidad, en ningún caso, pues todo está ordenado -antes o después que- aunque sea para cada observador de manera diferente. El eternalismo considera todos los puntos del tiempo igualmente válidos como marco de referencia, o, si se prefiere, igualmente reales. Esto no elimina el concepto de pasado y futuro, pero los toma como “direcciones” más que como estados. Que un punto del tiempo esté en el futuro o en el pasado depende enteramente del marco de referencia que estemos usando como base de observación. Un observador en cada punto del tiempo puede solo recordar sucesos que están en el pasado relativo a él mismo, y no en su futuro relativo, y de esta forma la ilusión subjetiva del paso del tiempo se mantiene. Psicológicamente, la flecha del tiempo se apoya en la asimetría del hecho de que recordamos hechos pasados pero no hechos futuros, así como en la constancia de la irreversibilidad de todo suceso, es decir, que las cosas avanzan en una sola dirección temporal (como el envejecimiento biológico o el incremento de la entropía). La perspectiva eternalista sugiere que no existe el paso del tiempo; así, el tic-tac del reloj se limita a medir duraciones entre eventos, igual que las marcas de una cinta métrica miden longitudes o distancias entre lugares. El eternalismo tiene implicaciones para el concepto de libre albedrío, al proponer que los sucesos futuros están fijados inmutablemente y, como los pasados, es imposible cambiarlos, en este sentido parece apoyar la tesis determinista, aunque la mecánica cuántica parece indicarnos que no sea cierta esta tesis, sobre todo por el principio de incertidumbre de Heisemberg. El eternalismo se basa, en suma, en dos supuestos distintos. Uno es que el tiempo es una dimensión real. El otro es su inmutabilidad, que no es consecuencia necesaria de lo primero. Un universo en el que el azar cambia es posible que sea indistinguible de la interpretación de los muchos universos –multiverso- de la mecánica cuántica, en la cual hay múltiples bloques de tiempo. Con esta tesis eternalista nos acercamos peligrosamente al teismo católico, ya que dios puede ver y concebir en toda su dimensión el universo de bloque – observador privilegiado, observador euleriano- mientras que sus criaturas percibirían el tiempo de diferente manera -observador lagrangiano-. Filósofos como John Lucas arguyen que el universo de bloque ofrece una visión del tiempo profundamente inapropiada. Su defecto reside en la explicación del paso del tiempo, en la preeminencia del presente, la dirección del tiempo y la diferencia entre futuro y pasado.

Cómo explicamos la persistencia de los objetos, y su identidad. Parece que ni el presentismo ni el eternalismo pueden darnos más luz sobre el tema. Tratemos pues otras dos corrientes, el endurantismo y el perdurantismo. El endurantismo o durantismo es una doctrina de la persistencia y la identidad. Sostiene que para que algo persista en el tiempo debe hacerlo a través de los distintos periodos de su existencia, los momentos que estimamos erróneamente separados entre lo previo y lo futuro. Por tanto, el individuo, tridimensional, persiste a lo largo del tiempo como un todo coherente. El perdurantismo, por su parte, según muchos filósofos, se acomoda mejor a la relatividad de Einstein. Sus defensores opinan que para que una realidad exista en el tiempo ha de hacerlo como una realidad en continuo cambio, y que cuando consideramos dicha realidad como un todo lo que vemos en realidad es un conglomerado de todas sus “partes temporales” o lapsos de existencia. El endurantismo se ve como el punto de vista convencional que parte de nuestra intuición natural (si hablo con una persona pienso que lo hago con alguien que es un todo, y no con un conjunto de piezas en proceso de cambio), pero los perdurantistas, como David Lewis, han atacado esta postura. Un argumento muy simple que utilizan es que su visión los capacita para ofrecer una explicación del cambio en los objetos, y no sólo de su configuración. De todo ello se sigue que puede establecerse una equivalencia entre presentistas y endurantistas, así como entre eternalistas y perdurantistas, pero no hay una conexión necesaria entre unos y otros. Cabría afirmar, en resumen, que el flujo del tiempo indica una serie de realidades ordenadas, pero que los objetos dentro de esas realidades de algún modo existen, como un “todo”, fuera de la realidad, incluso aunque las realidades, como “todos”, no se encuentren vinculadas entre sí. Sin embargo, tal punto de vista ha sido raramente adoptado.

Otra corriente interpretativa del tiempo es el convencionalismo. Esta postura afirma que no se puede probar una relación verdadera entre la materia y la geometría del espacio y del tiempo, sino que aquella es decidida por mera convención. El matemático francés Henri Poincaré sostuvo que los axiomas en geometría deberían ser adaptados de acuerdo con los éxitos que alcanzan, no con su aparente coherencia dentro de la intuición humana del universo físico. – en mi opinión es una de las mejores definiciones y declaraciones de la utilidad matemática para la física que jamás se ha formulado, y además tiene especial transcendencia viniendo de un gran matemático-. Esta afirmación la realizó al detectar que se desarrollaban diversas geometrías no euclidianas y que las diversas geometrías describían un sistema de objetos con idéntica coherencia, cada una basándose en sus propios principios, y que adoptar una de ellas para un espacio era una convención. El físico, lógico y filósofo de la ciencia Hans Reichenbach recogió la opinión de Poincaré, la desarrollo y realizó una puesta al día incluyendo consideraciones de la física relativista, en este sentido, y aplicada al espacio y el tiempo desarrollo la idea de la definición coordinativa, que muestra dos características importantes. Primera: Relación -coordinación- de unidades de longitud con ciertos objetos físicos. El motivo es que no somos capaces de aprehender objetivamente la longitud, y en vez de esto, elegimos un cierto objeto o magnitud física – ejemplo: metro estándar- y acordamos establecer esta como unidad de longitud. Segunda: Cuando tratamos los objetos separadamente. Aunque somos capaces, hasta cierto punto, de afirmar que dos barras son iguales si las colocamos juntas, cuando las barras se hallan distantes entre ellas, es imposible asegurarlo, por este motivo, la longitud ha de fijarse por definición, y esta es una definición coordinativa, que de hecho la podemos encontrar en la teoría de la relatividad, donde se asume que la luz demarca distancias iguales en igual tiempo, con lo cual, esta definición demarca y fija una geometría del espacio-tiempo.

Para terminar este pequeño recorrido por el tiempo me centrare en las aportaciones, a mi modo de entender, más importantes que se han realizado en los últimos tiempos por parte de grandes pensadores. En este sentido, los matemáticos Henri Poincaré y Kurt Gödel, que además era lógico, el físico, químico y sistémico Ilya Prigogine, el sociólogo Norbert Elias, y los físicos Einstein y S. W. Hawking.

Empecemos por el matemático francés Henri Pointcaré. Su artículo “la medida del tiempo” (1898) debe interpretarse como el punto de inflexión entre la nueva física de Einstein y la filosofía de Ernst Mach, que discutía la idea de un tiempo verdadero, sustituyéndolo por la idea de un conjunto de operaciones de medida. Poincaré, refutando al lado de Bergson el tiempo pretendidamente objetivo de la ciencia, sostiene que ésta cometió el error de dotar de realidad a un concepto matemático. Era precisamente la conciencia del tiempo la que indujo a la ciencia a lanzar la “hipótesis grosera” de Newton de un tiempo real y medible. El tiempo no viene definido por los relojes, y tampoco por el movimiento de la Tierra. Por tanto, resulta problemático tratar de definir tanto la simultaneidad de dos sucesos, como el antes y el después de los mismos. La primera se ha instituido como estrategia de la física para obtener leyes universales, y el antes y el después está viciado por la causalidad: por la dirección y sentido del tiempo definimos la causa, lo que supone una petición de principio, especialmente dado que las causas pueden ser o bien simples o infinitamente complejas. “Todas estas definiciones no son más que frutos del oportunismo inconsciente”, afirma Poincaré. En su artículo, el matemático se pregunta de dónde procede el sentimiento de que entre dos instantes cualquiera hay otros instantes. “Sabemos quizá que tal hecho es anterior a tal otro, pero no en cuánto le es anterior.” Por otra parte, ¿se puede transformar el tiempo psicológico, cualitativo, en tiempo físico cuantitativo? El asunto se complica cuando entran en juego dos conciencias, cada una sustentadora de un tiempo propio. “Dos fenómenos psicológicos se verifican en dos conciencias diferentes; cuando afirmo que son simultáneos, ¿qué quiero decir con ello?” Concluye el matemático que la intuición de la simultaneidad, del orden de sucesión de los fenómenos y de la igualdad de dos duraciones no es más que una alucinación, resultado del citado “oportunismo inconsciente”. “Escogemos, pues, estas reglas, no porque sean verdaderas, sino porque son las más cómodas”. Con la determinación de estas reglas o convenciones, Poincaré se inscribió en la corriente filosófica del convencionalismo, comentado anteriormente.

Y llegamos a la relatividad de Einstein. En la relatividad especial el hecho fundamental es armonizar la evidencia de la constancia de la velocidad de la luz independiente de la velocidad del observador para obtener la invarianza de las leyes físicas independientemente del estado de movimiento inercial del observador. En relatividad general, se amplia el estado de movimiento no solamente al inercial, sino también al acelerado, en este sentido, considera que la fuerza gravitaoria es equivalente a la fuerza newtoniana de masa por aceleración y la traslada a la teoría a la gravedad. No voy a recrear los cálculos ni los supuestos en los que se basa, sino en sus consecuencias temporales. El concepto de tiempo en la relatividad especial, opuesta al tiempo absoluto newtoniano, se inspira en la posibilidad de establecer la simultaneidad de sucesos que se registran en marcos de referencia distintos, en este sentido, una localización temporal solo tiene sentido cuando se indica el marco de referencia al que se remite. Para Einstein, todo juicio sobre el tiempo no es sobre el tiempo en si mismo (absoluto), sino sobre sucesos simultáneos. De una forma sencilla, cuando afirmo que un tren llega a las 10 en punto, lo que estoy diciendo es que las manecillas del reloj a las 10 en punto en el anden serán simultaneas a la llegada del tren. Como consecuencia de las velocidades inerciales a las que viajen dos observadores respecto de la velocidad inercial de un fenómeno, medirán intervalos temporales distintos, incluso, la causalidad del fenómeno puede ser distinta. Por otra parte, el concepto de tiempo en relatividad general es a grandes rasgos el mismo, introduciendo la aceleración gravitacional -convertida en una curvatura del espacio tiempo que modifica las geodésicas -, pero el efecto en los intervalos de tiempo respecto a diferentes observadores sigue la misma filosofía que la relatividad especial mencionada. Las consecuencias son la aparición de una cuarta dimensión temporal que se debe tratar junto con las tres espaciales.

El lógico y matemático austríaco Kurt Gödel, basándose en la relatividad de Einstein, dio un paso más allá en 1949. Si el físico alemán (gran amigo, por cierto, de Gödel) había transformado el tiempo en una dimensión más del espacio, Gödel, a través de nuevas modificaciones de las ecuaciones de campo de Einstein, lo hizo desaparecer. Gödel creía que la relatividad de Einstein había acabado verificando el idealismo filosófico kantiano acerca del espacio y el tiempo. El tema central de las conversaciones de ambos fue la relatividad general, pero para Gödel había una incongruencia entre la teoría de Einstein y la creencia cotidiana de que el tiempo, a diferencia del espacio, “pasa” o “transcurre”. Esto lo argumentó desde el punto de vista, primero, de la relatividad especial: «Cada observador tiene su conjunto de “ahoras”, y ninguno de estos sistemas diversos de capas puede reclamar la prerrogativa de representar el lapso objetivo del tiempo», de lo que derivó que la relatividad especial era inconsistente con la realidad del tiempo intuitivo, el tiempo experimentado como “real”. Para negar el tiempo se basó, en segundo lugar, en la relatividad general, aplicándole su teoría de los universos en rotación, en los que las curvas de espacio-tiempo se doblan sobre sí mismas hacia atrás, tanto que vuelven al punto de partida, lo que posibilitaría nada menos que el viaje en el tiempo. Aunque, si demostrablemente se puede volver a visitar el pasado, éste todavía existe; pero si el pasado todavía existe, ¿qué es del presente? La consecuencia lógica de todo ello es la negación de la existencia del tiempo. «El tiempo –decía Gödel–, tal como nos lo presentamos a nosotros mismos, simplemente no encaja con los hechos. Llamarlo tiempo subjetivo es solo un eufemismo». Muchos años más tarde, el físico Stephen Hawking, mediante un artefacto teórico que denominó conjetura de protección de la cronología, trató de demostrar que la teoría de Gödel era una falacia, opinión que la física actual en general sustenta. La tesis propiamente dicha de Hawking, sin embargo, no ha recibido muchas adhesiones desde su publicación, pues, según el filósofo Palle Yourgrau, su carácter ad hoc la delata.

Respecto a S. W. Hawking, en su obra Historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros, el físico británico, tuvo una enorme repercusión en los últimos años del siglo XX. En este libro, Hawking trata de responder a las más importantes preguntas que se han planteado tradicionalmente sobre el cosmos: la naturaleza del tiempo y del espacio-tiempo, si el tiempo tuvo un principio y tendrá un final, si el espacio es infinito o tiene límites, la flecha del tiempo, el significado de los agujeros negros en relación con todo ello… A tal objeto repasa las más importantes ideas desde Aristóteles hasta Einstein y la mecánica cuántica, tratando de vislumbrar una teoría unificadora, que, según este científico, deberá consistir en una teoría cuántica de la gravedad. Hawking parte en sus premisas del tiempo relativista de Einstein, que describe ampliamente en las primeras páginas del libro, y del espacio no del todo vacío, sino sujeto al principio de indeterminación cuántico. Por otra parte, no tiene sentido hablar de tiempo antes del principio del universo, pero tampoco existe la necesidad física de un principio. Su tesis cosmológica fundamental, que no ha variado sustancialmente hasta el día de hoy, viene recogida en el capítulo 8 de la obra. A las dos posibilidades clásicas (1ª: el universo ha existido desde un tiempo infinito y, 2ª: tuvo un principio en una singularidad, el Big Bang), añade, partiendo de la teoría cuántica siempre sustentada en la relatividad, una tercera: «Es posible que el espacio-tiempo sea finito en extensión, y que, sin embargo, no tenga ninguna singularidad que forme una frontera o un borde. El espacio-tiempo sería como la superficie de la Tierra, solo que con dos dimensiones más. La teoría cuántica de la gravedad ha abierto una posibilidad en la que no habría ninguna frontera del espacio-tiempo y, por tanto, no habrá ninguna necesidad de especificar el comportamiento en la frontera. El universo estaría completamente autocontenido y no se vería afectado por nada que estuviera fuera de él. No sería ni creado ni destruido. Simplemente sería». Pero, puntualiza más tarde Hawking: «Me gustaría subrayar que esta idea de que tiempo y espacio deben ser finitos y sin frontera es exactamente una propuesta: no puede ser deducida de ningún otro principio». Por último, y este es un tema recurrente en Hawking, todas estas ideas tienen «también profundas implicaciones sobre el papel de dios en los asuntos del universo. ¿Qué lugar queda, entonces, para un creador?».

Por otra parte, el físico, químico y sistémico belga Ilya Prigogine, contradiciendo la teoría de la relatividad, parte de «una fuerte conciencia de la realidad del tiempo» en tanto que algo objetivo: «Como recuerda a menudo Popper, el tiempo no puede ser una ilusión porque sería como negar Hiroshima». Además, tiempo y eternidad son dos conceptos diferentes. El tiempo no es la eternidad, ni es el eterno retorno. La estructura del espacio-tiempo está ligada a la irreversibilidad, pero el tiempo no es solamente irreversibilidad, devenir y evolución. En contra de la opinión de muchos de sus colegas, afirma Prigogine que el tiempo, como la entropía, tiene una función creadora. Según Prigogine no podemos hablar de un nacimiento del tiempo (en referencia a su libro El nacimiento del tiempo), pero sí de un nacimiento de nuestro tiempo, así como de un nacimiento de nuestro universo. Existen varios tipos de tiempo: el tiempo astronómico, el tiempo de la dinámica, el tiempo químico interno, el tiempo biológico interno, – que es la inscripción del código genético que prosigue a lo largo de miles de millones de años de la vida misma -, el tiempo musical, etc. Es una convención humana contar el tiempo a partir de un acontecimiento, como por ejemplo, el nacimiento de cristo. El nacimiento de nuestro tiempo no es el nacimiento de el tiempo porque en el vacío fluctuante preexistía un tiempo en estado potencial. El tiempo potencial es un tiempo que está ya siempre ahí, en estado latente, pero que requiere un fenómeno de fluctuación para actualizarse. El tiempo no ha nacido con nuestro universo: el tiempo precede a la existencia y podrá hacer que nazcan otros universos. Por otra parte, en su teoría sobre el origen del universo, la relación entre espacio-tiempo por un lado y materia por el otro, no es simétrica. El espacio-tiempo se transforma en materia cuando la inestabilidad del vacío se corresponde con una explosión de entropía, lo cual resulta en un fenómeno irreversible. La materia sería, por lo tanto, para Prigogine, una especie de contaminación del espacio-tiempo. El tiempo, como se ha visto, precede al universo, que es el resultado de una transición de fase a gran escala (proviene de otro estado físico). Es decir, el universo que conocemos sería el resultado de una transformación irreversible de otro estado físico: cuando el tiempo se transformó en materia. La ruptura de la simetría, en el espacio, es consecuencia de una ruptura en la simetría temporal, es decir, de una diferencia entre el pasado y el futuro. En consecuencia —lo que es fundamental—, sería la materia, por su propia esencia, la que explicaría la dirección de la flecha del tiempo. Prigogine analiza detalladamente en este contexto los conceptos de irreversibilidad y de estructura disipativa, fundamentales en su doctrina. Las líneas finales del libro, a modo de conclusión, están dedicadas a explicar el incesante «aumento de la complejidad» en la naturaleza: «Los desarrollos recientes de la termodinámica nos proponen por tanto un universo en el que el tiempo no es ni ilusión ni disipación, sino creación».

Para terminar, el sociólogo alemán Norbert Elias estudia el tiempo partiendo también de la concepción relativista de Albert Einstein, negadora de la objetividad del mismo: «¿Cómo puede medirse algo que los sentidos no pueden percibir? Una hora es invisible». Para Elias el tiempo es en realidad un fenómeno social, un símbolo, que se utiliza fundamentalmente como instrumento de orientación en el flujo incesante del acontecer, y también para regular la conducta humana. Critica el tiempo objetivo de Newton y el idealista de Kant. El innatismo de este último, sus a prioris, los contrapone a una visión social e histórica del espacio y el tiempo. Conceptos como “tiempo”, “espacio” y “causalidad” pretenden dar la impresión de lo instintivo e inmutable, lo que es indefendible, según Elias. Así, Kant «había aprendido a usar el concepto de “tiempo” con el significado que, en aquella fase, le otorgó sobre todo el progreso de la Física y de la técnica», concepto relativo a su época que él calificó de innato. Los relojes y calendarios son una forma de aprehender lo que no es simultáneo sino sucesivo. El hombre necesita las determinaciones del tiempo, por ejemplo por temas de organización y puntualidad y, tanto más cuanto más avanzadas son las culturas. Es más, «En un mundo sin hombres y seres vivos, no habría tiempo y, por tanto, tampoco relojes ni calendarios». El reloj agrega al acontecimiento cuadridimensional en el espacio y el tiempo, una quinta dimensión, de naturaleza simbólica, que es característica de la comunicación humana. Solo en la vivencia humana se dan las importantes líneas divisorias entre “pasado”, “presente” y “futuro”, características de la aludida quinta dimensión. En cuanto al “antes” y el “después”, tampoco se refieren propiamente al tiempo sino a la causalidad física o filosófica. No son más que «manifestaciones de la facultad humana de representarse juntamente lo que no sucede al mismo tiempo». Pero el tiempo, como concepto, también evoluciona de un estadio a otro. De manera que, «en su actual estadio de desarrollo es, como se ve, una síntesis simbólica de alto nivel con cuyo auxilio pueden relacionarse posiciones en la sucesión de fenómenos físicos naturales, del acontecer social y de la vida individual». El objeto principal del libro de Elias Sobre el tiempo es «la coacción del tiempo», coacción que paulatinamente va incrementándose por exigencias de la compleja vida moderna, cuando durante miles de años el hombre ha sobrevivido sin necesidad de relojes ni calendarios. Por último, Elias estudia largamente el intento de conciliar el carácter sintético y simbólico del tiempo con su dimensión física, objeto de la ciencia, «en un universo de cinco dimensiones donde el tiempo parece llevar una doble existencia».

Conclusiones

El problema del tiempo no es simple, por una parte hay que dar una respuesta coordinada a diferentes enfoques con los que se mira. El punto de vista psicológico, le interesa el tiempo tal como lo percibe el ser humano, que no es el real. El punto de vista físico le interesa un tiempo capaz de medir la realidad del universo. El punto de vista filosófico pretende conceptualizar el tiempo para poder proceder a “pensar el tiempo”. En este sentido, el punto de vista determinará la utilización de un modelo conceptual u otro, es decir, para la explicación de la duración de un momento de felicidad en el ser humano, de poco sirve medir el tiempo físico, ni tampoco tiene sentido si al conceptualizarlo somos capaces matemáticamente de dividirlo en infinitos subintervalos.

Por otra parte, se sigue cuestionando la existencia real -ontológica- del tiempo, mientras que parece existir en el ser humano una existencia -epistémica- de este. ¿Será alcanzable una conceptualización que satisfaga todos los puntos de vista?, o ¿es el concepto de tiempo una moda donde los diseñadores – físicos, psicólogos y filósofos – nos imponen sus tendencias para satisfacer sus intereses intelectuales.?

Bibliografía

[1] Abbagnano, Nicolás: Historia de la Filosofía – Tomos I y III, Montaner y Simón. Barcelona, 1973

[2] Einstein, Albert: Mi visión del mundo. Edición de Carl Seelig. Tusquets Editores – Barcelona, 1981

[3] Elias, Norbert: Sobre el tiempo. Fondo de Cultura Económica, 1989.

[4] Gunn, J. A.: El problema del tiempo. Estudio histórico y crítico. Vol I y II. Ediciones Orbis, SA. Barcelona, 1988

[5] Hawking, Stephen W.: Historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros. Crítica, Barcelona (1989)

[6] Hawking, Stephen W.: La teoría del todo. Debolsillo (2007).

[7] Prigogine, Ilya: El nacimiento del tiempo. Tusquets, 2005.

[8] Russell, B: El ABC de la relatividad. Ariel. Barcelona, 1978.

 

Per Animal d’ànima animada

Actualment hi ha "2 comentaris" en aquest article:

  1. Josep A ha dit:

    Ja està l’animalada.
    T’he de dir que a mi m’has fotut la mitja cabotà de després de dinar. Ho he vist al mòbil quan estava acabant de dinar i dic, vaig a pegar-li una miradeta a l’escrit este, el momentet ha sigut hora i mitja, no sols això, sinó que quan he arribat ara per la nit, m’he posat a buscar a la xarxa la meitat de termes, dels quals alguns ni havia sentit nomenar mai, per aquest motiu, no seré jo qui valore i dóne la meva opinió del que és el temps. El que si que t’he de dir és que ja veig que la Física, les Matemàtiques i ara la Filosofia són una barreja amb la qual hem d’anar espai 😉
    L’assaig m’ha semblat molt interessant, una feina ben feta, a mi com a mínim m’ha fet reflexionar una estona i m’ha trencat una imatge preestablerta del que era el temps per a mi. Ara pel que jo he entès i la conclusió que jo trac d’aquest és que em sembla que no tenim ni idea de què és el temps, no?

    • animal d'ànima animada ha dit:

      Gràcies pel comentari Josep.
      Sí, sembla que allò que intuim no necessariament és real. Em falta completar els últims treballs en mecànica quàntica fets en la Universitat del país Basc on està medint-se el temps com un observable. Les equacions son força complicades, i les he deixades fora, per no cascar massa a l’amic lector. També m’he botat el temps dels somnis, on en un segon físic pot semblar una eternitat … Tampoc he tractat fer marxa enrere en el temps, hi ha teories que ho toleren -físicament és admissible-.
      Si pensem en la asimetria temporal, del passat podem dir: Ho recordem i no podem canviar-lo. Per tant, la oposició per al futur hauria de ser: No ho recordem i podem canviar-lo. La qual cosa entraria en contradicció amb les teories del mon dels blocs, i a més a més, quin paper li deixem al present?
      Aquestes qüestions forcen la ruptura de la creença en el “lliure albir”… que sembla ser el motor de l’ésser humà lluire.
      Pedem també emprar el temps convencional per anar per casa- és dir per sobreviure amb la societat- i no ens fa falta més, però és interessant coneixer la dificultat d’un concepte tan simple..

      Salutacions….
      Animal d’ànima animada.

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