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Es compatible el estado-mundial con los estados-nación

24/01/2013 Articles d'opinió, CAP Sense comentaris

Animal d’ànima animada ens torna a premiar amb un article, en aquest cas amb un assaig on repassa com hem arribat al punt en el que ens trobem i analitza la possibilitat d’un estat-mundial. Aquest escrit que ens presenta com a continuació o “el mateix en altres paraules i altra llengua” del seu antecessor “els puticlubs i els neoclients”.

Es podeu descarregar l’arxiu en pdf, o bé podeu llegir-lo a continuació.

Es compatible el estado-mundial con los estados-nación

Ante la situación actual de continua recesión del así llamado “estado de bienestar”, y ante las continuas advertencias, o amenazas, o más aun profecías dictadas por los “gurús” neo-liberales que salvaguardan los intereses de una economía capitalista mundial, de que solo es posible salir de la crisis económica actual con políticas de austeridad y contención del gasto público, son los ciudadanos de a pie de los estados-nacionales que implantaron estados de bienestar quienes sufren este recorte brutal y continuo de derechos sociales adquiridos durante el siglo pasado.

-No son recortes- nos advierten nuestros representantes democráticos, -son un crecimiento negativo de los derechos sociales,- usando en su discurso este eufemismo para evitar hablar de la realidad de los hechos.

Los orígenes del estado de bienestar.

En la línea argumentativa de J. Habermas en “la constelación postnacional”[1], donde acota el corto siglo XX entre los años (1914-1989). Los hitos históricos relevantes que marcan su comienzo- la primera guerra mundial- y su fin- el hundimiento de la Unión Soviética- demarcan un período histórico en el cual el sistema capitalista  vivió bajo la amenaza de desaparecer por un cambio de modelo económico, bien por invasiones militares de los países comunistas, bien por  posibles revoluciones proletarias en los llamados países occidentales.

Las dos primeras guerras mundiales y su sentido antifascista dieron paso a un nuevo tipo de guerra, la guerra fría, un demencial calculo de un equilibrio de terror sobre armamento atómico dentro de una espiral creciente y desmesurada carrera de armamentos entre las dos superpotencias USA y URSS, pero cuyo final podría describirse como una implosión pacífica tras los acuerdos entre Reagan y Gorbachov en Reykiavik. Por otra parte, la admisión por parte de los dirigentes de un sistema económico, supuestamente superior,  sobre la ineficacia de su sistema, supuso la derrota en la carrera económica de los modelos del este.

En esta etapa histórica, se produce entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado una explosión económica sin precedentes, – de la cual los países de la OCDE son los principales protagonistas- demostraron que habían aprendido de los periodos entreguerras, sobretodo que la base de su política económica estuviera centrada en la estabilidad interior, y gracias al crecimiento económico, pusieron en marcha amplios sistemas de seguridad social. Bajo la forma de una democracia de masas y del estado social, el modelo económico del capitalismo- altamente productivo- ha sido por primera vez domesticado y puesto -mas o menos- en consonancia con la autocomprensión normativa de los estados constitucionales democráticos.

El neocapitalismo avanza, la sociedad retrocede.

Pero el final de siglo presentaba signos de una amenaza estructural para el capitalismo -domesticado- por el estado social, con la revitalización de un neoliberalismo sin precedentes sociales.

Sin la amenaza de una nueva forma económica, el capitalismo muestra su disposición a abandonar sus socios protectores, la paz social y los estados sociales. Por una parte es insostenible el crecimiento realizado en los años 50-60, y por otra parte, los ciudadanos han perdido su identificación de clase obrera gracias al acomodo en un estado social y a la creación de multiclases en luchas internas, al estilo de los métodos guerreros que utilizaba Cayo Julio Cesar en sus conquistas militares – divide y vencerás-.

Sin sus suculentas ganancias vividas, el capitalismo clama su razón de ser – el beneficio-, y propone como una forma de recuperarlo la disminución de gastos. De una parte reclama austeridad a los estados sociales, pero solo en aquellos aspectos no rentables económicamente, es decir en políticas sociales hacia los más desfavorecidos, y  por otro lado, reclamando del estado social aquellas empresas a las que pueda sacarle jugo económico – sanidad, educación, y podemos esperar que también pensiones – para explotarlas en busca del beneficio perdido. De otra parte reclama a los trabajadores parte de su salario con formulas jurídicas bien estudiadas -moderación salarial, productividad, despidos improcedentes gratuitos, falta de protección ante enfermedad o accidente, etc.-

La gran maniobra realizada por el capitalismo para vencer las resistencias de los cómodos estados sociales la llamaron globalización. Su venta a los países con poblaciones de clase media fue todo un éxito, solo los llamados “grupos antisistema” se opusieron  frontalmente a esta maniobra, exigiendo a los estados su freno inmediato, mientras que el egoísmo de las clases medianas veían en esta maniobra capitalista la posibilidad de consumir más y más barato, aunque se rompan las economías locales. Esta maniobra afecta directamente a la oferta de trabajo en aquellos países  globalizados que utilizan leyes de producción que respetan los tratados internacionales de derechos humanos, derechos sociales, etc.

Con este nuevo escenario, el tejido productivo local está, en los países con estados sociales, condenado a la transformación globalizadora – exportar donde sean competitivos – o a sucumbir por la competencia desleal de empresas que elaboran sus productos en estados sin el más mínimo respeto a los derechos sociales.

Por otra parte, este entramado de estados-nacionales con sus propias leyes soberanas favorece el asentamiento de la producción en aquellas zonas donde sea más barato producir, el asentamiento del negocio especulativo en aquellos estados-nacionales que no graven fiscálmente el capital -los llamados paraísos fiscales-.

La ineficacia e ineficiencia demostrada por los organismos supranacionales FMI, ONU, OCDE, unión europea, etc., en el mantenimiento y universalización de los derechos sociales pone de relieve el triunfo sin precedentes  de este nuevo capitalismo salvaje. Ineficiencia que no tiene cabida en una sociedad competitiva.

La constelación postnacional no ilumina los estados sociales.

Los actuales organismos supranacionales tienen – al menos –  dos déficits de legitimación. Por una parte no han sido elegidos de forma directa  por los ciudadanos a los que representa, y, por tanto, no les deben ninguna explicación sobre su forma de actuar, ya que estos no influyen en su elección. Por otra parte, se suelen utilizar estos organismos como cementerio de políticos nacionales, cuando ya se ha agotado o desgastado su popularidad. Si han de dar cuenta a quien les ha designado para el cargo, su labor en estos organismos es al menos dudosa – si son elefantes hacia su fin, se deben a las nuevas generaciones de políticos nacionales, que los remiten a estos cementerios para que no estorben, a cambio de una jubilación política jugosa y sin los problemas políticos de primera línea con los ciudadanos – y este es el mejor de los casos, suponiendo que el estado-nacional del que provenga sea democrático, que son una excepción a nivel global-. Por otra parte, no deben defender los intereses del ser humano ciudadano del mundo, sino, los intereses de la clase de ser humano del nivel político compatible con la alternativa de gobierno del país al que representa, y este conflicto de intereses es por si mismo difícilmente salvable. Y más aun, si la representación se establece a nivel de naciones-estado, ¿tienen todas el mismo peso real, económico o social?.

Si atendiéramos a los intereses de los ciudadanos en un organismo como la ONU, no seria desproporcionado pensar que los dirigentes de los ciudadanos de China defendieran los derechos sociales de los Chinos, y que a su vez, los dirigentes de los ciudadanos de USA estuvieran en contra de ellos por sus intereses empresariales. La realidad puede ser muy distinta, y encontrarnos con estos países defendiendo las posturas contrarias a las mencionadas, pero seguirían enfrentados dialécticamente.

Y hablando de China, solamente una reflexión me viene a la cabeza,  si fuera un Hegeliano convencido de la lógica dialéctica, cosa que no soy, justificaría adecuadamente el sistema Chino con los siguientes argumentos. La tesis, el sistema productivo neoliberal capitalista de las democracias burguesas, la antítesis el sistema político y productivo autoritario del comunismo transnochado, me llevarían a la síntesis del modelo actual Chino, de política dictatorial comunista,  producción capitalista neoliberal y ausencia de derechos y libertades sociales. Es lógica sistémica diría Habermas.

La autodestrucción de la clase obrera

A medida que en las sociedades industriales iban creciendo la clase obrera, esta accedió a los derechos políticos democráticos, mejorando notablemente sus condiciones de trabajo, llegando incluso en algunos casos a pasar a la clase media. Con el paso a sociedades postindustriales- segunda mitad del s XX-, la clase obrera se estanca e incluso empieza a declinar en favor de los trabajadores de servicios. Al mismo tiempo aparece una capa social de marginados sociales -minusválidos, inmigrantes, etc.-. Como resultado, la clase obrera se convirtió tan solo en otro grupo de interés doméstico, uno que empleaba el poder de los sindicatos para proteger sus ganancias de tiempos pasados.

Quizá la perdida de conciencia de clase, motivo por el cual en las democracias actuales no hay un triunfo aplastante de las izquierdas sobre las derechas, se deba sustancialmente a su carácter no religioso. Basta con ver los triunfos que cosechan los nacionalismos -con contenido espiritual y emocional-, o los extremismos islámicos. ¿Deberíamos recurrir para explicar esta perdida de conciencia a la “teoría de la dirección equivocada” de Ernest Geller?

La progresiva incorporación a la clase media -es decir, con propiedades que defender- de la antigua clase obrera tiene sus consecuencias. Si bien defiende sus intereses laborales por medio de sindicatos, por otra parte, también defiende la propiedad privada de sus pequeñas posesiones, generando un conflicto egoísta de intereses, ¿no estaríamos hablando de un aburguesamiento de la clase obrera?, y, en este sentido ¿qué tiene que decir la izquierda política?.

Por una parte la masa social de la clase obrera que ha migrado a la clase media ya no le sirven los planteamientos clásicos de la izquierda y exige que sus programas políticos abandonen la lucha de clases por otros objetivos más suaves -arte, cultura, nacionalismo, etc.-

Por otra parte, la mayor parte de los trabajadores y de la clase media baja, victimizados por el sistema, son culturalmente conservadores y se sentirían incómodos de ser vistos en compañía de ese tipo de aliados de izquierdas.

Cualesquiera que sean las justificaciones teóricas que subyacen en el programa de la izquierda, su mayor problema es la falta de credibilidad. Durante las últimas dos generaciones, la izquierda mayoritaria ha seguido un programa socialdemócrata que centra en el Estado la entrega de una serie de servicios, como las pensiones, la salud y la educación. Este modelo se encuentra ahora agotado: los Estados de bienestar se han hecho grandes, burocráticos e inflexibles; son a menudo capturados por las mismas organizaciones que los administran, a través de los sindicatos del sector público; y, lo más importante, son fiscálmente insostenibles dado el envejecimiento de la población en casi todo el mundo desarrollado. Así pues, cuando los partidos socialdemócratas llegan al poder, ya no aspiran a otra cosa que ser los custodios del estado del bienestar que fue creado décadas atrás; ninguno tiene un nuevo programa excitante alrededor del que unir a las masas.

Con la clase obrera instalada en la clase media y defendiendo la propiedad privada, la clase media aumenta en tamaño y fuerza, siendo el mejor soporte de las democracias liberales.

La destrucción de la clase media en sociedades con derechos sociales

Con parte de la clase obrera integrada en la clase media, conviviendo con la clase burguesa no es extraño que los partidos populistas de derechas estén en sus mejores años.

Pero, ¿y si se destruye esta clase?, ¿puede seguir sosteniéndose la democracia liberal?. Comparto mi opinión con la de muchos expertos en la materia de que es imposible.

¿Y si, esta crisis fue planeada por las clases poderosas para eliminar la clase media?, ¿cómo conseguirlo sin que parezcan los culpables? ¿qué ganarían con esta estrategia?. Intentaré defender que el objetivo que se persigue es la destrucción de la clase media.

¿Cómo conseguirlo?

En primer lugar, hay que atacar tanto a la clase obrera que ha accedido a la clase media como a la burguesía local, antigua integrante de esta clase. Por una parte, con los despidos baratos, con la bajada de salarios y derechos sociales de la población, cada vez más la clase obrera instalada en la clase media se empobrece y no puede seguir siendo propietaria – en estos casos los partidos políticos, catalizadores reales de este monstruoso cambio argumentan estupideces como: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y otras sandeces por el estilo-. Por otra parte la globalización destruye el tejido burgués local, que en el improbable caso que sobreviva, no tiene más remedio que abaratar cargas sociales – salarios de sus trabajadores, impuestos estatales, etc.-

En segundo lugar, y ya mencionado en el párrafo anterior, los productores globalizados necesitan despejar la competencia local que pudiera plantearse en ciertas plazas de venta o naciones- plazas de venta para el comerciante o naciones para los políticos-. La destrucción de la economía local guarda una estrecha relación con la destrucción de la burguesía local, y garantiza  la destrucción de la clase media.

¿A quien se culpa de la crisis?

Obviamente la clase política, hermes de belcebú -mensajeros del señor de las moscas del mercado- es la encargada de justificar la crisis, y lo ha de hacer pagando la hipoteca contraida con el sector financiero. Una técnica infalible en sociedades judeo-cristianas es culpabilizar a la víctima, sobretodo si la víctima ha experimentado el miedo – sentimiento irracional que inhabilita la razón-. En este sentido, culpar a la clase obrera que estaba instalada en la clase media diciéndole que ellos no pertenecían a esa clase, y por tanto que gastaban por encima de sus posibilidades -en este argumento hay algo rancio que huele de fondo- relegándola otra vez a la clase baja como castigo-penitencia por el pecado de creerse en la clase media nutre la argumentación de los hermes de belcebú.

¿Cómo salir de la crisis?

Identificados los culpables, estos han de purgar sus penas, y así se cierra el circulo judeo-cristiano de pecado-reconocimiento-confesión-castigo-reparación. En primer lugar, devolver la clase obrera instalada en la clase media a su lugar, es decir, a la clase media-baja, de la que nunca tuvo que salir. En segundo lugar, aboliendo paulatinamente los privilegios obtenidos tanto laborales como los derivados de un estado de bienestar. Con esta fórmula se reestablecerá la senda del crecimiento.

¿Cómo afectan estos “ajustes” a las clases dominantes?

La poca carga tributaria a las grandes fortunas no es suficiente, se necesita más, y para conseguirlo es necesario que el estado adelgace, y que lo haga suprimiendo derechos básicos en sanidad, educación o pensiones, no es necesario recortar en otras partidas. A las grandes fortunas les compensa obtener estos servicios de manera privada, incluso harán negocio suministrándolos.

El beneficio que se puede obtener por el consumo de la clase media no compensa las cargas aportadas por las clases altas -aunque éste sea poco- en el sostenimiento de un estado-social.

¿A quien le siguen interesando las clases medias en los países con cargas sociales?, ¿No es mejor crear nuevas clases medias en países emergentes que no tengan cargas sociales?. En definitiva, la cantidad de consumo realizada por de clase media a nivel mundial está creciendo. Es lógica sistémica desprenderse de lo que no es rentable y apostar por la rentabilidad. Es la apuesta de consumo en el mercado mundial.  Es la senda del crecimiento.

Toda esta política de ajustes, bien cocinada por economistas de derechas, al servicio del capital financiero – de los mercados – es la receta de la salida de la crisis. Pero, ¿porqué confiar la salida de la crisis en quienes no supieron verla?. Por una parte, siendo la economía una ciencia, sus teorías para ser validas aparte de explicar los hechos ocurridos han de predecir hechos futuros, y, a decir verdad, no parece que hayan tenido mucha vista para detectar la crisis. Por otra parte, no hay mejor ciego que el que no quiere ver, es decir, ¿no seria la crisis provocada por ellos mismos para poder aplicar la receta mágica de los “ajustes”?, ¿no serian “los ajustes” el objetivo real de belcebú?, los argumentos para sostener esta sospecha pueden ser extraídos de las reflexiones realizadas anteriormente sobre ¿cómo afectan estos ajustes a las clases dominantes?.  No entiendo que los economistas no hayan visto la crisis antes de producirse, si entiendo que no les interesara tomar medidas para que no se produjera, más bien al contrario, tomar medidas para que se produjera y poder aplicar la receta.

¿Hacia un estado-mundial?

Los estados nacionales, convertidos en hermes de belcebú no pueden aportar soluciones diferentes a las dictadas por becebú. La constelación postnacional parece un parche nacional para defender su razón de ser más que unos organismos que defiendan los intereses legítimos de los ciudadanos del mundo.

Los estados-nacionales ofertan al mercado sus condiciones para deleite y negocio de las finanzas mundiales. El poder real esta en la economía ficticia, instrumentalizado para la racionalización en los organismos llamados “bolsas”. Quien domine la bolsa domina el mundo.

¿Que estado se puede atrever a legislar acotando su poder si estos son simples mercancías de la bolsa?, ¿lo podrían hacer los organismos supranacionales?, las respuestas son negativas si nos atenemos a las argumentaciones sostenidas por este ensayo.

Si un estado-nacional decide legislar desfavorablemente contra la libertad del mercado y a favor de su economía, que en el fondo es la economía de sus ciudadanos, automáticamente perderá calificación en el parqué bursatil internacional conduciendo su deuda externa a la ruina.

Según los subsistemas de Habermas[2], en este momento, el equilibrio está roto. Por una parte el sistema económico con la globalización ha conseguido el control absoluto del sistema, relegando a los diferentes sistemas políticos-nacionales en el mejor de los casos a hermes de sus mensajes, y en el peor de los casos a trabajadores de su imperio. La lógica sistémica con un sistema dominante conduce al sistema a la consecución de los objetivos del sistema dominante, es decir, el beneficio, anulando por completo los objetivos del sistema perdedor.

Contraponer los organismos supranacionales (FMI, ONU, unión europea, etc) para asumir la pérdida de poder del sistema político según hemos visto no es una alternativa viable.

¿Qué alternativa queda para seguir confiando en que la política será capaz de asumir el poder del sistema político en igualdad de condiciones con el sistema económico?. La idea de un estado-mundial parece “a priori” una solución.

Para que este estado-mundial se realice dentro de la esfera de lo político ha de superar los problemas de legitimación expuestos anteriormente: primero, los gobernantes han de ser elegidos directamente por los ciudadanos a los que representa, y segundo, los candidatos han de ser políticos de primera línea, y no elefantes en busca de su cementerio.

Y no solamente estos, aunque en las últimas décadas el numero de estados-nacionales democráticos ha aumentado, no todos los países lo tienen, y de los que lo tienen, no todos tienen tradición democrática, ni soporte para esta -no tienen una clase media suficientemente amplia-. No es creíble que las clases dominantes de un país no democrático cedan el poder en favor de la ciudadanía, menos si estas pertenecen a la élite del sistema económico.

¿Quién debería impulsar este estado-mundial?¿qué consecuencias para sí mismo tendría?. Los ciudadanos de los países democráticos deberíamos impulsar el establecimiento de sistemas democráticos en el resto de países con el fin de que sus ciudadanos pudieran decidir sobre el futuro de su estado-nación, y a partir de este punto, poder empezar a crear el estado-mundial basado en el ciudadano. Esto significaría una redistribución de la riqueza entre las clases altas y una redistribución de la pobreza entre las clases medias y bajas. La bajada de poder adquisitivo de las clases medias y bajas de los ciudadanos de países democráticos desarrollados, debida, a la redistribución de la pobreza, hace inviable el cambio. La solidaridad no es un valor que se haya mostrado compatible con el mantenimiento del estatus de la clase media.

Y no hemos hablado de los recursos básicos que consumen las clases medias de las democracias avanzadas, por simple aritmética, seria insostenible mantener ritmo de consumo en alimentos, agua, petroleo, gas, etc., por tanto también habría una redistribución de pobreza en este sentido. Este punto no lo voy a tratar.

Así que no es esperable la construcción de un estado-mundial democrático, ni que este pueda estar en condiciones de parecerse a la democracia vislumbrada por Fukuyama en el fin de la Historia y el último hombre[3] [3].

Por otra parte, no parece que los estados-nacionales estén dispuestos a ceder soberanía hacia organismos internacionales, ni mucho menos a hacerse el “harakiri”[4], y con él los políticos nacionales realizar su “olbara”[5] en aras a un sistema político global. En ese caso, y admitiendo la posible coexistencia de los dos niveles de estado, volvemos a la tesis principal de este ensayo: ¿Es compatible el estado-mundial con los estados-nacionales?

Con todo lo expuesto, la respuesta es NO. Ni sería admisible por el sistema político que vería amenazado su poder, ni por el sistema económico que vería amenazadas sus oportunidades de negocio nacionales.

Y me dirás, ¿pero no debería ser una decisión de la ciudadania mundial y no de los poderes sistemicos?. Otra vez la respuesta es NO, ya que el egoísmo implícito en la clase media la obliga a luchar por los beneficios para su nación – nacionalismo – y no por la ciudadania mundial, y esta postura no es sostenible con un estado-mundial. Pocas veces hemos visto manifestaciones de los trabajadores de astilleros defendiendo a los trabajadores de la función pública, incluso dentro del mismo estado. ¿Qué nos hace pensar que se manifestarían por los derechos de una clase media en Tanzania sabiendo que el resultado perseguido va a minorar su propio estatus?

Per Animal d’ànima animada

 

[1]    Jürgen Habermas. La constelación postnacional: Ensayos políticos. Paidos Iberica. (2000). En el capítulo 3 ¿Aprender de las catástrofes?. Un diagnóstico retrospectivo del corto siglo XX.

[2]    Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa Vol II. Plantea la teoría de la acción del sistema político como un correctivo a los desequilibrios sociales provocados por el sistema económico.

[3]      Fukuyama, F, El fin de la historia y el último hombre, Editorial Planeta 1992. Nos propone el fin de la Historia como el techo alcanzado políticamente por las democracias liberales que implementan un estado de bienestar.

[4]    Harakiri. Usado en este sentido como darse muerte antes que aceptar la derrota.

[5]    Olbara. Usado en el sentido de darse muerte porque su señor ha muerto.


Bibliografia

[1] Habermas, J.,  La constelación postnacional: Ensayos políticos, Paidos Ibérica, Barcelona 2000

[2] Habermas, J., Teoría de la acción comunicativa . 2 ed Trotta, Madrid, 2010

[3] Fukuyama, F., El fin de la historia y el último hombre, Editorial Planeta 1992.

[4] Fukuyama, F., el futuro de la historia, PenultimosDias 2011, http://www.penultimosdias.com/2011/12/30/el-futuro-de-la-historia/

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